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Domingo XIX del Tiempo Ordinario

No teman, estén atentos.

(Lc 12, 32-48) Hay en este evangelio una llamada a la confianza y una advertencia. En la primera parte, Jesús, buen pastor, trata a sus discípulos con verdadera ternura: No teman, pequeño rebañito, les dice. El miedo se opone a la fe. El amor, en cambio, descarta el temor (1Jn). El verdadero “temor” de Dios, es sinónimo de respeto y es considerado en la Biblia como el inicio de la sabiduría; consiste en tener en cuenta su paternidad y señorío sobre todas las cosas y, por consiguiente, actuar ante Él con respeto y reverencia.

El “pequeño rebaño” de Jesús es el grupo de sus discípulos y la Iglesia que ha fundado en ellos. Es la comunidad que lo sigue y que no puede pretender otra grandeza que la que el Padre le ha prometido: El Padre ha querido darles el reino. El Padre del cielo quiere hacer de nosotros un reino de hermanos.

Por eso, si nuestro destino es el reino de Dios, nuestra relación con las cosas de este mundo cambia: Vendan todo lo que tienen, dice Jesús. Sus palabras nos invitan a usar los bienes materiales con la libertad responsable de quien puede usarlos o desprenderse de ellos cuanto convenga. Es no depender del dinero ni poner toda la seguridad en él. Jesús inculca la buena disposición para compartir. Una acumulación egoísta e irresponsable de los bienes divide a los hermanos y ofende el plan del Creador.

Den limosna, dice también Jesús como uno de los medios para usar bien los bienes materiales en ayuda del prójimo necesitado. En hebreo, limosna es sedaqah, que significa justicia. Equivale a dar al otro lo que necesita para que pueda vivir. Dar limosna es hacer justicia para que el otro viva. Es la justicia distributiva, clave del pensamiento social que el cristianismo inspira. Y hace referencia –como fundamento– a la justicia mayor que está hecha de misericordia y sentido de fraternidad, y corresponde a ese “camino más excelente”, del que habla san Pablo en su himno del amor en 1Cor 13.

Entonces, cuando nos situamos ante los bienes con la libertad necesaria para compartirlos, tenemos un “tesoro en el cielo”, es decir, Dios es nuestro tesoro. El verdadero tesoro no es lo que tienes, sino lo que das y compartes. “Quien da al pobre le hace un préstamo a Dios” (Prov 19,17).

En la segunda parte del texto de hoy, Jesús hace una advertencia: Estén atentos porque no saben a qué hora llegará el Señor. Es la respuesta a sus discípulos que le preguntan “cuándo” será el fin del mundo. Les hace ver que el “cuándo” es siempre, es decir, el tiempo de lo cotidiano; porque es allí donde se realiza el juicio de Dios. En nuestra existencia diaria se decide nuestro destino futuro en términos de estar con Dios o estar lejos de él. Al final se recoge lo que se ha sembrado.

Con comparaciones e imágenes propias de la cultura de su tiempo, Jesús enseña en qué consiste la vigilancia. La comparación del empleado de casa que no sabe cuándo vendrá su señor exhorta a poner cuidado para que la muerte no sorprenda. Es la advertencia del Señor: estén vigilantes. Con ello nos dice que hay que discernir bien las cosas que sirven para estar con Dios y las que nos apartan de él. Para quien no vigila, el final será como la venida del ladrón que desvalija la casa. Sólo quien tiene mentalidad de amo, y cree poseerlo todo, su vida, su trabajo, sus bienes, deja de esperar la venida del Señor y la muerte lo sorprenderá como una ruina inesperada.

La actitud de vigilancia la compara también Jesús al comportamiento de un buen administrador y de un siervo o criado fiel. Todo lo que somos y tenemos es don de Dios, y el don hay que administrarlo bien y compartirlo. Somos también siervos, como el mismo Señor que se hizo siervo de todos. Recibimos la responsabilidad de servir la vida de los demás.

Jesús alude también a los responsables de la comunidad, a los encargados de dar a su debido tiempo la ración de trigo. Esta responsabilidad consiste en dar lo que les ha sido dado – como el pan de la comunidad que Jesús empleó para multiplicarlo y dar de comer a la multitud, y como el pan de la última cena que fue su propio Cuerpo entregado para la vida del mundo.

Mucho tenemos que trabajar en nosotros mismos para comprender que este lenguaje evangélico contiene el secreto de la verdadera felicidad: Bienaventurados llama el Señor a los buenos administradores y servidores; ellos poseen la vida eterna que no depende de lo que se tiene sino de lo que se da. En cambio, quien no sirve a los demás, lo compara con el Siervo malo que golpea a los demás. No reconoce al Señor que viene continuamente a él en sus hermanos. A ese tal, lo castigará con todo rigor. Su existencia queda dividida, lejos de sí mismo, de Dios y de los demás. No lo reconoce el Señor porque él no ha reconocido a nadie.

Con este lenguaje, que no es para asustarnos, Jesús motiva nuestra responsabilidad. Nos dice a fin de cuentas: administra bien tu vida y los bienes que te doy, sirve a los demás con generosidad. En eso consiste la realización de tu vida, tu futuro.

Homilía del P. Carlos Cardó SJ.

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