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Domingo XX del Tiempo Ordinario

Fuego he venido a traer

(Lc 12, 49-53) A medida que Jesús avanza en su camino a Jerusalén, el horizonte se le vuelve más sombrío porque está próxima su anunciada consumación (9,31). Los que caminan con Él se percatan de que sus enseñanzas se hacen cada vez más exigentes y comprometedoras.

Fuego he venido a encender en la tierra, dice a sus discípulos, a nosotros. Jesús nos bautiza con el fuego de su Espíritu. Es el fuego de la conversión, que nos da una nueva vida. Es ardor espiritual, mística, amor. El Cantar (8,6s) habla del amor como llamarada divina que nada puede apagar. El amor con que Dios nos ama enciende en nosotros el fuego con que amamos.

Tengo que pasar por una terrible prueba, y estoy angustiado hasta que se cumpla. Alude a la muerte que le espera, en la que ha de manifestar el amor con que Dios su Padre y él mismo aman al mundo y hasta dónde puede llegar ese amor. Ante el destino de cruz, la condición humana se estremece. A Jesús le invade una angustia creciente, que le hace exclamar: ¡Qué angustiado estoy hasta que se cumpla! Lo que quiere hacer por nosotros, lo lleva a tener que pasar por donde no quiere, con la confianza de que su Padre no lo abandonará. Jesús se siente internamente dividido entre un deseo y una angustia, lucha interior que en el huerto de Getsemaní le hará sudar gotas de sangre. Es la lucha del amor que vence en la prueba suprema.

Jesús es consciente de que su proclamación del reino, como triunfo del amor salvador de Dios en el mundo, es acogida por algunos pero choca con la incomprensión de la mayoría, aun de sus propios familiares y, sobre todo, de las capas dirigentes del pueblo. La fidelidad a su proyecto, en perfecta sintonía con los designios del Padre, le ha creado enemigos, que van aumentando y se muestran más poderosos y violentos, a medida que se acerca a la ciudad de su desenlace final. Por eso sus palabras se vuelven cada vez más exigentes: no puede dejar de advertir a sus discípulos que su mensaje produce divisiones en la sociedad y confrontación hasta en la propia familia.

Hoy también Jesucristo sigue llamando a la radicalidad de su seguimiento, que puede llevar a posponer, de forma más o menos dramática, otros valores –tan amados como el valor familia- para que el evangelio predomine en la orientación de la propia conducta.

Jesús ha venido a traer la paz de unidad y de justicia. No una paz barata, sin mayores exigencias. La decisión por Jesús y por el reino de Dios en el mundo implica un compromiso que a veces puede producir separación, incomprensión de los otros, angustia. Pero sólo así la persona llega a permanecer firme en sus propias convicciones, detrás de las cuales se encuentra el amor de Dios que triunfa y ofrece vida eterna.

Siempre el mensaje cristiano puede ser crítico porque busca, interroga. La palabra del Señor enfrenta al mal del mundo e interpela a la misma iglesia por las adherencias que se pegan en el discurrir cotidiano de su labor por el Reino. Es actual y lúcida; utiliza códigos culturales de hoy, pero no concuerda con proclamas ideológicas. Es esperanzadora, libera, comunica el Espíritu de Dios que siempre alienta e impulsa, no desanima ni humilla. Jesús nunca pretendió estar a bien con todos ni a cualquier precio; no quiso poner su vida a salvo sino entregarla. Soñaba con una familia humana en la que pudiera reinar el amor y la justicia fraterna. Y vivía todo esto apasionadamente, con el fuego del amor y la justicia. Fuego he venido a traer. ¡Ojalá estuviera ya ardiendo! Por eso Jesús es causa de división. Y por eso siguen silenciando muchas de sus palabras los que siembran odios, los corruptos y los mercaderes de mentiras. También nosotros acallamos las palabras del Señor o edulcoramos sus exigencias. Nos da miedo su fuego de amor y justicia, y nos entibiamos. Nos olvidamos de lo que San Pablo nos asegura: “Es cierta esta verdad: Si con él morimos, viviremos con él; si con él sufrimos, reinaremos con él; si lo negamos, también él nos negará; si le somos infieles, él permanece fiel porque no puede negarse a sí mismo” (2 Tim 2, 12-14).

Por eso venimos a la eucaristía para permitir que la vida nueva que Jesucristo nos ofrece toque todo nuestro ser personal, familiar, social y cultural. Nos alimentamos de su Cuerpo para no desfallecer en nuestro intento de asimilar y practicar los valores del evangelio. Sentimos que la vida de Cristo sana, fortalece, humaniza. Porque “Él es el Viviente, que camina a nuestro lado, descubriéndonos el sentido de los acontecimientos, del dolor y de la muerte, de la alegría y de la fiesta. Podemos encontrar al Señor en medio de las alegrías de nuestra existencia y, así, brota una gratitud sincera» (Aparecida, 356).

Homilía del P. Carlos Cardó, SJ.

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