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Domingo XXVI del Tiempo ordinario (Ciclo A)

Mt 21,28-32

La parábola de los dos hijos

El evangelio nos propone la parábola del padre que envía a sus dos hijos a trabajar en su viña. La pregunta, ¿Qué les parece, quién de los dos hizo lo que quería el padre?, interpela a los oyentes, los convierte en personajes del relato para que definan su posición ante Dios, porque proclamándolo de palabra y con los actos del culto, pueden estar lejos de cumplir su voluntad; creyéndose justos, pueden ser peores que los publicanos y prostitutas.

Los dos hermanos de la parábola manifiestan actitudes contrarias, pero en realidad son una misma persona: ambos representan al que escucha la parábola, pero piensa que el asunto no le atañe porque no quiere cambiar. Los sacerdotes, los escribas y los notables del pueblo –a quienes Jesús se dirige en primer lugar– se consideran justos y no tienen ninguna voluntad de cambiar. Los publicanos y las prostitutas, en cambio, no cumplen la voluntad de Dios, pero ellos no pretenden aparecer como justos, dada la fama que tienen de pecadores públicos.

Se puede decir que aquellos hermanos de la parábola recuerdan al hijo pródigo (Lc 15, 11-32) que transgrede, pero con nostalgia de la seguridad que el hijo mayor mantiene en su casa paterna. Se parecen también al hijo mayor que se queda en casa y obedece, pero con envidia y rencor por la libertad del menor. Ambos son iguales en el fondo: tienen la misma imagen del padre como un patrón exigente, frente al cual sólo cabe o rebelarse o someterse. Sólo cuando reconozcan al padre como lo que es, lleno de amor indulgente y generoso, podrán establecer con él una relación auténtica de amor y libertad.

El padre se dirige al primero de sus hijos y le pide que vaya a trabajar a la viña. El hijo le responde tajantemente: No quiero. Desde el origen, el hombre –representado en Adán– se siente movido ciegamente a identificarse en contra de su Creador y Padre. El engaño que encierra este afán es la ilusión de obrar por el propio bien, pero yendo más allá de las posibilidades humanas, hasta romper la relación del hijo con su Padre y desfigurar la propia humanidad.

Este engaño actúa en el primer hijo de la parábola. Pero, después reflexiona, se rectifica y va a trabajar en la viña. No se dice cómo ocurre este cambio. Los profetas han descrito el sentimiento de vacío interior que sobreviene a quien abandona el camino del bien: Así dice el Señor: Me han dejado a mí, fuente de aguas vivas, para ir a construirse cisternas, cisternas agrietadas que no pueden contener el agua (Jer 2,13).

El padre le hace el mismo encargo al segundo hijo: que vaya también él a trabajar a la viña. Y en contraste con el primero, su respuesta es: Voy, señor; pero todo queda en palabras, y no va. Tampoco este hijo comprende al padre. Dividido en su interior, dice sí porque quizá es incapaz de decir no, y finalmente se queda sin hacer nada. No tiene libertad. Además, decir sí por puro miedo supone la imagen de un padre que no respeta la libertad de sus hijos y castiga a quien se rebela.

Para que se entienda bien su parábola, Jesús se dirige luego a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, que se sienten los profesionales de Dios, los más cercanos a Dios, y les dice: Les aseguro que los publicanos y las prostitutas les llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Ellos no sienten necesidad de convertirse porque no reconocen que tienen que cambiar. Son ciegos porque creen ver, son pecadores por creerse santos. Vino Juan Bautista a preparar los caminos del Señor y dijeron de él que tenía un demonio (Mt 11,18), en cambio los recaudadores de impuestos y las prostitutas, que no presumen de ser santos, sí le creyeron, cambiaron de vida y se acercaron a Jesús, confiando en la misericordia y en el perdón de Dios que por medio de él se les ofrecía. Por eso él los alaba.

El evangelio de hoy es, pues, una invitación en primer lugar a revisar la imagen de Dios que tenemos para abrirnos a su misericordia y confiar. Nos hace ver también que nuestros actos van creando actitudes que condicionan nuestra conducta pero no anulan totalmente nuestra libertad, no son irrevocables, por eso podemos cambiar. Y finalmente, la parábola nos mueve a reflexión sobre la coherencia y autenticidad en la práctica de nuestra fe cristiana porque podemos estar diciéndole sí al Señor, pero no pasamos a la obra, no avanzamos en la generosidad y libertad propias del amor, y nos asemejamos a los que dicen no. Si soy consciente de ello, la conversión es posible.

P. Carlos Cardó, SJ

Parábola del padre y sus dos hijos en el viñedo. Grabado de Georg Pencz (1434-1435). Museo Metropolitano de Nueva York.

 

 

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