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DOMINGO XXXI del Tiempo Ordinario

Mateo 23, 1-12

Este capítulo 23 del Evangelio de San Mateo es el reproche más fuerte que Jesús hace en el Evangelio a los fariseos. La lectura de hoy recoge sólo una parte de toda esta enseñanza. Pues es lo que pretende el Señor, enseñar.

Y les reprocha a los fariseos las siguientes actitudes: Ellos dicen una cosa y hacen otra. Atan cargas pesadas para los demás, y ellos se sienten dispensados de tomarlas sobre sí. Todo lo que hacen aparentemente bien, lo hacen para que la gente los vea. Les gustan los sitios de honor, las reverencias, los títulos, las distinciones.

Aparte de que es una descripción de muchas conductas actuales, es bueno entrar en este tipo de mentalidades y comportamientos, para ver qué hay en el fondo.

Además de un infantilismo notable, y por tanto falta de madurez, hay un egoísmo y una vanidad muy grandes, que colinda con el delirio. Ahí no hay amor. ¿Es posible que una persona con estos comportamientos sea un adorador de Dios? ¿Le puede adorar en espíritu y en verdad? ¿Hay verdadero amor en un corazón lleno de esas quimeras de importancia y de vanidad?

Y yendo a lo primero: no hacen lo que dicen. O sea tienen dos medidas: una que se aplican a sí y otra que aplican a los demás. Mucha exigencia al juzgar a los demás, y a sí mismos se juzgan con suavidad. La comprensión la aplican a sí mismos, no a los demás. Y la tremenda inconsecuencia entre lo que predican y lo que viven, indica una falsedad tremenda de vida. Un ser así no es auténtico. Y además es duro con los demás. Un corazón entregado a Dios no puede ser falso, no puede ser duro e injusto. Y eso es lo que vamos a descubrir en el subsuelo de los fariseos, que les falta lo esencial del culto a Dios, que es el amor y la misericordia. Ese es el problema fundamental del fariseo, que vive una religión, en la que la entrega humilde a Dios, el amor incondicional y sin límites, no tienen cabida.

Cuando las “formas religiosas” ocupan el lugar de la donación total, se está transformando la religión en fariseísmo. Y hay una sustitución sutil, casi imperceptible: se quita la imagen de Dios y se la sustituye por la propia imagen. El fariseo es un ser que fundamentalmente se adora a sí mismo. Y por eso se convierte en legislador exigente: ellos desde el trono donde se han colocado, ponen exigencias fuertes sobre los demás, pero ellos se consideran exentos, están por encima de toda obligación. Miran a los demás desde la altura.

Y por eso mismo, porque han sustituido a Dios por la propia imagen, necesitan revestirse de importancia. Exhiben sus obras, para que vean los demás cómo son. Y qué pobres son las obras que van revestidas de semejante vanidad, son como esos frutos que cuando se abren se nota que eran sólo cáscara. Orar, para que me vean ¿se puede llamar a eso oración? Hacer un servicio y después contarlo, para que se sepa lo bueno que soy ¿eso es servir? La religión de estos tales va desapareciendo detrás de la vanidad y del humo.

Y por eso se consideran los llamados a los primeros puestos y a los títulos: ningún homenaje es suficiente para aquel que se considera a sí mismo el centro del universo. Necesitan acaparar alabanzas e incienso: el fariseo tiene una vocación frustrada de “dios”, con minúscula, tan minúscula como el espíritu de los fariseos.

Es un peligro en la vivencia de nuestro cristianismo. Cuando desaparece el amor y vamos dejando sólo unas prácticas más o menos frecuentes, cuando no somos adoradores de Dios en espíritu y en verdad, como le enseña Jesús a la samaritana, cuando esto sucede volvemos a reeditar el fariseísmo.

P. Adolfo Franco, SJ

 Cristo y los fariseos (Christ and the pharisees). Ernst Karl Georg Zimmermann (1852-1901)

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