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Segundo Domingo de Adviento

Mc 1, 1-8

Continuando con este hermoso camino del Adviento, hoy en el segundo domingo la liturgia nos trae a reflexión la predicación de Juan el Bautista. Breve pero muy llena de contenido: se nos dice que llega el mensajero que anuncia al fin la salvación, y que hay que preparar el camino, enderezarlo, porque viene ya el Salvador. Y esto se nos dice en formas alentadoras e imaginativas: ha llegado el mensajero que va a preparar el camino; en el desierto del mundo al fin se oye una voz que grita el mensaje; hay que allanar el camino para el que viene hacia nosotros; y ahora va a llegar el que es Fuerte, al que Juan no le puede ni desatar las sandalias; y que bautizará en el Espíritu Santo.

A una humanidad sedienta de esperanza este domingo de Adviento le trae el mensaje que necesita oír. Y este mensaje viene de alguna forma encarnado en una figura la de Juan el Bautista, aunque el mensaje en verdad desborda al Bautista, va más allá de él.

Todo esto es como estar en la víspera de un gran día. En ese gran día (que es la Navidad) ya se habrán caído todos los temores y se habrán levantado todas las alegrías. La Navidad es el día, y ahora en el Adviento estamos en la víspera. Pero en esta víspera ya se nos anuncia lo que va a suceder mañana. Esa víspera entonces se llena de contenido. Pero en esa víspera, no es que debamos estar sentados, esperando que caiga la hoja del calendario, para que aparezca el “gran día”; menos que nunca ahora podemos estar sentados con los brazos cruzados; en esa víspera hay mucha tarea que hacer.

La certeza de que estamos en la víspera del “gran día” nos la da la presencia de Juan Bautista. Si ha llegado el “mensajero” es que ya “mañana” llega el que esperamos. Juan Bautista es modelo y señal: la mejor señal de lo que va a pasar. Esto estaba anunciado en el profeta Isaías, que es citado por el Evangelista para darle más certeza y seguridad a sus propias palabras.

Y si es verdad que ya está Jesús para llegar, hoy en esta víspera hay que preparar el camino, allanándolo. Hay que allanar el camino en nuestro interior principalmente, porque el que viene va a nacer también dentro de mí, y tiene que encontrar un camino preparado sin obstáculos. Si el camino es muy irregular, el que ha de venir pasará de largo. Y estas irregularidades del camino ya sabemos que son: el orgullo, la soberbia, el egoísmo, la falsedad. Cada uno debe examinar las irregularidades del propio camino; y por un camino lleno de esos obstáculos, Jesús no llegará a nuestro corazón.

Esa es la primera tarea a realizar: preparar el camino, haciéndolo llano. Pero además hay que realizar algo más profundo, que significa remover todo por nuestro interior, para empezar la conversión, y arrancar los pecados. En el fondo esta segunda tarea es otra forma de ver lo mismo de antes. Quizá de una manera más directa: ya no se usa la metáfora del camino sino que se va más directamente a decirnos que hay que arrepentirse de los pecados, y lograr la conversión. La conversión no es solamente quitar los pecados, sino quitar las raíces, enderezar las tendencias interiores que son una fábrica continua de errores y pecados. Ir a la raíz donde se empieza a gestar el mal en nosotros. Hay que llegar a una purificación interior, para prepararle un digno recibimiento “al que ha de venir”.

Y una forma realista para realizar esto nos la da la figura de Juan Bautista: que vive en el desierto y se viste en forma rústica y come en forma más pobre todavía. En eso consiste la conversión: desierto, pobreza y austeridad. Desierto, o sea reflexión: vivir más para el interior que para lo superficial; pobreza, o sea liberación de lo material, del apego a lo trivial, y pasajero; austeridad, o sea liberación de todo egoísmo y de toda comodidad. Y así nos preparamos en esta “víspera” con la ilusión de que “mañana” será el gran día, porque habrá nacido El, que nos bautizará con el Espíritu Santo.

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