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Tercer Domingo de Adviento – Juan Bautista

Jn 1,6-8.19-28

Este día se conoce como el domingo de la alegría porque comienza con la exhortación de san Pablo: ¡Alégrense! Nuevamente les digo: alégrense. El Señor está cerca. Se nos pide que dejemos brotar de nuestro interior la alegría de un corazón agradecido.

Para Isaías (Is 61,1-2a. 10- 11), la razón de la alegría es que Dios viene a cambiar la situación de desdicha en que vive su pueblo. El profeta siente que el Espíritu del Señor le ha enviado a dar la Buena Noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar el año de gracia del Señor. Y esta misión le produce una gran alegría que lo lleva a exclamar: Desbordo de gozo en el Señor y me alegro con mi Dios”, palabras que nos recuerdan las de la Virgen: Engrandece mi alma al Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador (Lc 1,46).

En la segunda lectura (1 Tes 5,16-24), San Pablo invita a estar siempre alegres, constantes en el orar… y en la acción de gracias. Si nos dejamos guiar por el Espíritu, viviremos en la alegría fruto de la confianza.
Conviene, pues, preguntarnos: ¿Hasta qué punto la alegría es el signo de nuestra fe?, ¿o hemos convertido el espíritu cristiano en “una Cuaresma sin Pascua” como dice el Papa Francisco? (Evangelii gaudium, 6).

La alegría es un componente esencial de la fe. Pero para que esta afirmación no sirva de pretexto que quite seriedad a nuestro compromiso cristiano, se ha de recordar que la alegría cristiana no es el simple optimismo que nace de la naturaleza humana, o de una situación personal de prosperidad, ni es fruto simplemente de nuestras diversiones por sanas que sean.

La auténtica alegría es la que sentimos cuando nos hacemos conscientes de la presencia del Señor, y esta alegría nos hace capaces de reconocer, sin ingenuidad ni cinismo, que este mundo nuestro, transido de violencia y dolorosamente maltrecho, es digno de aceptación y ocasión recóndita de gratitud.

Por eso la alegría cristiana puede sentirse incluso en medio del dolor, fortalece en las pruebas, da paz y confianza al momento de morir. La alegría cristiana sostiene la disposición para afirmar que la vida de los demás es digna de aceptación y me da grandes motivos de gratitud. La alegría cristiana no se da sin amor. Y finalmente, se nutre en la oración. En medio de nuestras vidas agitadas, buscamos la presencia de Dios y recibimos de Él consuelo, paz y, fortaleza. La auténtica alegría sólo viene de Dios, es reflejo de su gracia.

Otro tema de la liturgia de hoy es nuestra preparación para la venida del Señor, como nos invita a hacerla Juan Bautista. Su figura sintetiza a los sabios y profetas que en todas las épocas han despertado las conciencias y han movido a la gente a cambiar. Juan Bautista no es la luz, sino testigo de la luz. Él invita a reconocer la luz que viene a iluminarnos y a dejarnos guiar por ella hacia la verdad de nosotros mismos ante Dios.

Estos enviados se atreven a someter a Juan a un interrogatorio. Es el proceso de cuestionamientos y acusaciones que se inicia aquí contra Juan y seguirá luego contra Jesús, para continuarse después de Él contra sus discípulos. Es un drama, con protagonistas y antagonistas. Por una parte, Juan y Jesús, el testigo de la Palabra y la Palabra testimoniada, respectivamente; por otra, los sacerdotes, escribas y fariseos, que representan al poder injusto que se cierra a la luz.

Siempre ha habido profetas, personas libres e inspiradas que iluminan a la humanidad como faros en la noche. A lo largo de la Biblia, ellos aparecen cumpliendo la misión de mantener viva la humanidad, la dignidad y la libertad de la gente, para que nadie se resigne a ningún tipo de esclavitud o pérdida de sus legítimos derechos. Por eso desenmascaran la falsedad y corrupción y prestan su voz a cuantos sufren y no tienen voz. Se entiende por qué los profetas terminan pagando un altísimo precio a su misión: el martirio.

Con la venida de Cristo y de su Espíritu, se extendió el carisma y función de profecía. Se cumplió el deseo de Moisés: ¡Ojalá que todo el pueblo fuera profeta! (Num 11,29). Por eso San Pablo defendía a los profetas (1Tes 5,20), por el bien de las comunidades cristianas (1 Cor 14,29-32), porque el profeta edifica, exhorta y consuela (1Cor 14,3).

La Iglesia es la comunidad de los ungidos con el crisma de Cristo, sacerdote, profeta y rey. Y esa unción recibida en el bautismo nos configura con Él y nos destina a ser testigos suyos y de su evangelio, tanto de palabra como con nuestra conducta.

Profeta es quien edifica con su forma de vida, que muchas veces contradice al ambiente que lo rodea. Profeta es el que exhorta conforme a lo que ha visto y recuerda. Y profeta es el que consuela porque da razón para la esperanza. Su testimonio siempre es una experiencia vivida que se hace palabra y se transmite. La Iglesia no puede dejar la profecía. Nuestros tiempos necesitan profetas.

P. Carlos Cardó, SJ

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